Seguramente si algún lacaniano lee este humilde articulo (últimamente dejé de preocuparme por ponerle nombres y definiciones a lo que hago porque me parece que se cae de cualquier semiología) me va a lapidar. Pero esto no intenta ser una rebuscada explicación en lacanés, sino darle vuelta a algo que me atormenta: escribir poesía.
Decir que escribo desde que aprendí seria una redundancia vacía si no me refiriera a que desde que aprendí a escribir escribí como actividad fuera de las actividades escolares. Llevé, desde chica, aunque en forma temporádica y salteada, diarios personales. Con el tiempo me fui volcando al autoanálisis, e hice psicoanálisis conmigo misma mucho antes de leer al gran Maestro vienés, sin saberlo. Me pasó releer algunas conclusiones a las que llegué en mi adolescencia que estaban bastante bien orientadas (y no contaminadas por la teoría…)
De la misma forma, siempre, y también en forma estertórea, escribí poesía. Pero con la poesía me pasa algo distinto que con el simple hecho de escribir. Escribiendo es como mejor me expreso, lo hago permanentemente, a cualquier hora, en cualquier lugar donde surja una idea, fluidamente, con naturalidad. Lo disfruto. Pero cuando sale una poesía es algo distinto, porque irrumpe, golpea, empuja y a pesar de la resistencia que le opongo, la vomito.
Jamás me senté a escribir una poesía intencionalmente. Puedo decir que, en realidad, sufro a mis poemas.
Por eso durante mucho tiempo los oculté, los compartí con poquísimas personas, algunos con nadie, otros sólo con una persona, de tan intimos que son. Recién ahora, que dejaron de importarme muchas cosas, tengo ganas de publicar algunos.
¿Por qué hablo de los registros? Porque se me ocurrió que la poesía que escribo usa símbolos, es una búsqueda frenética de poner en palabras lo que siento, pero no palabras descarnadas, sino metafóricas, y las palabras nunca son suficientes, siempre dejan algo sin decir. El sin-decir a veces desespera…
Porque la poesía que escribo vela un poco lo real (lo real lacaniano) e intenta bordear el borde, intenta apaciguar el gran agujero negro y amenazante que surge en forma de angustia y se traduce en sensaciones psíquicas y físicas. Cuando la poesía nace, algo de esa angustia se apacigua, algo fue dicho, no-todo, pero cierto alivio percibo.
Porque la poesía que escribo siempre va dirigida a alguien, por eso lo del plano imaginario. Siempre hay alguien que debería escuchar, una imagen mental de un ¿Otro? ¿otro? Que debería estar sosteniendo con su mirada y no está. Si estuviera no se si habría poesía… Lo cual también es un engaño, porque aún estando, no estaría…
Tal vez sea cierto, después de todo, que mi poesía (la mía, no quiero generalizar mi propia experiencia porque no necesariamente esto le pase a otros escritores), que mis poemas, sean mis propias formaciones de compromiso, mis propios síntomas que vencieron la barrera de la represión para salir a la superficie. Tal vez empujan por salir y se bancan nacer porque su forma simbólica engañó a la censura agazapada dispuesta a abofetearla. Tal vez tengan un mensaje para alguien que no quiera o no pueda escucharlo.
«Lo malo
no es cerrar los ojos
y verte.
Lo malo
es respirar
y sentirte…»

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