Nunca me pregunté por qué me gustan tanto las tormentas. Nunca entendí por qué cada vez que en el aire se respira esa inquietud, ese presagio de temporal, esa electricidad, una alegría inexplicable e irracional se apodera de mi.
Tampoco se muy bien qué se conjugó hoy, así, de repente, para entender mis razones. Bueno, en realidad, no quiero saberlo.
Cuando era muy chica las tormentas me aterrorizaban. Lloraba tanto que me ahogaba y no podía respirar. No había forma de calmarme con nada hasta que… llegaba mi papá.
Y mi viejo, estuviera donde estuviera, sabedor del estado en que me ponía cuando se desencadenaba una tormenta -y no me refiero a una lluvia pasajera, sino a una verdadera tormenta con relámpagos y truenos- dejaba lo que fuera que estuviera haciendo y ahí venía a mi encuentro.
Ese era el único lugar del mundo donde las tormentas no me asustaban: entre sus brazos.
Y hoy, así, de golpe, sin ninguna tormenta mediante, como una verdad que siempre hubiera estado ahí esperando que la descubriera, mirando fotos, y mirando una en particular, entendí porque hoy me gustan tanto las tormentas…
Y es que en mi inconsciente una tormenta anuncia la llegada de mi viejo y de su abrazo…
Se ve que mi inconsciente todavía no se enteró que hace seis años que ya no está en un lugar donde pueda dejar todo para venir a abrazarme.
Será cuestión de olvidarse de los tiempos y de las distancias…

Deja un comentario