«Hay gente que cree que hay que olvidar.
Entonces intentan cosas absurdas. Creen que sacando un pensamiento de sus cabezas se olvida.
Pero no tienen en cuenta que la piel tiene memoria… Y los músculos también…
Y el más obstinado de todos es el corazón».
Y ella le dijo a él: «Hay personas que nunca encuentran su lugar en el mundo. Otras lo encuentran en una playa, una montaña, una ciudad o un rincón de su casa.
Yo lo encontré en ese espacio que queda entre tus dos brazos cuando apoyo mi cara en tu pecho y puedo sentir tu corazón. Y si además puedo abrazarte, rodeando tu cintura con mis piernas, el tiempo se detiene y el resto del mundo se desvanece. Y mi lugar en el mundo se convierte en un paraíso donde ya no me importa ni lo que fue, ni lo que será. Sólo lo que es.
Supe que había encontrado mi lugar en el mundo una tarde de enero, hace un año, en un sillón de la casa de tus viejos, acurrucada entre tus brazos, arrasada por tu boca… En un instante tomé conciencia del lugar, de tus brazos, de tu pecho, de tu corazón, de nuestras bocas y sentí que había llegado a donde siempre -en esta vida, en mil pasadas, en mil futuras- había querido estar.
Una vez que se encuentra nuestro lugar en el mundo ya no importa vivir o no ahí.
Quien encuentra su lugar en el mundo, por ejemplo, en un bosque a miles de kilómetros de su hogar, no se preocupa por la distancia que los separa. El saber que hay un lugar único y propio no mueve la angustia, sino que evoca un estado de paz inigualable. La sola evocación nos remonta a nuestro propio paraíso interno, a la seguridad de saber que ahí podemos ser quienes somos. El haberlo encontrado es el premio. No todos lo encuentran.
Yo lo encontré y ahí siempre me siento genuina, auténtica, libre, segura, en paz..
Y es el lugar que quiero evocar en el último segundo de mi consciencia y de mi lucidez».
Y él no pudo decirle nada…

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