Una mudanza es considerada como uno de los acontecimientos más estresantes de la vida. No es mi caso, amé siempre las mudanzas. Pero sí es un hecho que remueve todo, no sólo muebles. Remueve la vida.
Una mudanza de barrio o de provincia, pero dentro de tu país es un hecho gordo de la vida. Si la mudanza es a otro país y si implica que la intención es establecerte en forma permanente, bueno, la cosa se hace más fuerte todavía.
No me considero una “emigrante”, en el sentido común que se le asigna a la palabra, no me cierra en mi caso ese término. Tampoco pasé por nada que se asemeje a las cosas que usualmente se le asignan a los procesos migratorios. Si reconozco el proceso, lo observo en mi, lo observo en mis acompañados emigrantes. Pero para mí fue más un “volver” a casa que un irme de casa. Para mi fue alivio, vida, salud, libertad, amor. Fundamentalmente, Amor a mi misma.
Y en este proceso que lleva más de un año laaargo ya, me voy reencontrando día a día con las cosas, los objetos, que traje conmigo. Puros objetos que evocan emociones felices, lo justo para revestir de calor de hogar a una nueva casa, en una nueva ciudad, en un nuevo país, con un nuevo idioma. Los psicólogos llamamos a ese proceso “libidinizar”, cargar de libido, cargar de energía algo para sentirte cómodo.
Esos objetos son como banderitas que ponemos por ahí y que nos dicen “ey, llegaste a casa”.
Y últimamente me doy cuenta que, con objetos o sin ellos, me siento bien en casi todas partes.
Algunas veces recomiendo a los que sí se consideran emigrantes armar un rincón que sea como un pequeño “altar” sinónimo de hogar. Una costumbre de la Roma antigua si se quiere, convocando a los lares, a la protección del hogar. Algo pequeño que puedan llevarse consigo en cada mudanza y que los ayude a sentirse en casa en un lugar nuevo.
El hogar es un concepto interno, una construcción impregnada de nuestra historia. Algunos tienen asociado el hogar a la protección, otros a la violencia, otros al amor, otros a la tristeza. Cada uno tiene su propio concepto de hogar que nada tiene que ver con un lugar físico. Es una introyección, en suma. La buena noticia es que podés construir un concepto nuevo, totalmente nuevo, cuando quieras.
Y en un proceso de despojo tan grande como una mudanza podemos darnos cuenta que no somos dueños de nada en realidad. Que llegamos desnudos a este mundo y que de la misma forma partiremos. Que pasamos la vida trabajando para tener cosas materiales que nunca van a pertenecernos, porque lo único que nos pertenece es lo que tenemos dentro nuestro: emociones, vivencias, pensamientos, recuerdos, sentimientos…
Así es que podemos tomar nuestros objetos materiales en su real dimensión, como un símbolo que nos evoca emociones, o sufrir por la “posesión” de esos objetos por lo que son en si mismos. Como el avaro que acumula dinero sin sentido y sufre pensando en que puede perderlo.
Dinero, cosas, casas, posesiones son, en última instancia, energía. Y esa energía es un 99,9999% sólo energía inmaterial y en un 0,1 % materia. Simple física atómica. Somos energía. Por ende, no podemos poseer nada, menos aún nada que sea material. No somos dueños de nada.
Este concepto me genera mucha libertad, me da paz, me hace sentir extremadamente liviana. Casi diría que es un concepto “ordenador” que me orienta desde el día que dejé “mi” casa en Buenos Aires para venirme a Italia. Mientras escribo esto miro un trío de azucarera, lechera y cafetera de alpaca, herencia de familia, que perteneció seguramente a mi abuela María Rosa. Quizás ella en algún momento creyó que era la dueña de esas cosas, que esas cosas le pertenencían. Pero no, esas cosas no le pertenecen a nadie, porque son cosas. Están hoy acá porque me gusta verlas, porque me recuerdan a ella, aún sabiendo que no necesito los objetos para recordarla. Es un guiño, nada más que eso. Pero ni ella ni yo, ni vos que me estás leyendo, podemos poseer objetos, tierras, casas o dinero. Por eso digo que no somos dueños de nada.
Y si intentás probar este concepto te prometo que, de golpe, vas a sentir un alivio infinito. Tan grande, que tus hombros y tu espalda lo van a agradece

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