… así empieza mi mañana. El café está delicioso, y el sol también. Entra por mi ventana y con su vida llena todo. Me recuerda cuánto lo extrañé en el invierno, en esos días que cae temprano por los Alpes y a las cinco ya es de noche.
Nunca pensé que iba a acostumbrarme a un clima así. Y sin embargo, ahora que es primavera, pienso que para el próximo invierno quiero tener nuevamente una salamandra. Las llamas del hogar en casa, el fuego me resulta imprescindible en invierno. Igual que se me hizo imprescindible el ambiente teñido de rojo.
Luego de todo lo que pasó es lógico haber aprendido a apreciar la tibieza del sol sobre mis manos. Así, justo ahora, mientras los dedos teclean, el sol abraza mis manos y me recuerda que tengo un día más para agradecer. Lo que más me sorprende es encontrarme pensando en el próximo invierno. No hay pinceladas de ansiedad sino de alegría. Ni vos que estás leyendo ni yo podemos asegurar qué vamos a estar haciendo el próximo invierno, ni si vamos a estar. Pero la posibilidad de permitirnos soñar con el futuro, sin ansiedad sino con disfrute, es una maravilla. Una maravilla que se valora mucho cuando se la había perdido.
En mi ventana hay un nido de golondrinas. Los pichones ya saben volar, van y vienen, y mis gatas se agolpan en la ventana para no quitar sus ojos de la entrada del nido. Los pichones cantan y cantan sin saber que hay ojos que acechan. Bendito vidrio de la ventana que los protege! Qué loco, porque el mismo vidrio de la ventana que los protege a ellos protege a mis gatas de caerse. Y ni los pichones ni ellas saben del peligro.
Para vivir cada día hace falta ese estado de inocencia, de no saber. Si supiéramos del peligro que nos acecha a cada paso nos paralizaríamos. Algo así, pero magnificado, le pasa a la persona con ansiedad: imagina los peores peligros y las cosas más catastróficas ahí afuera, y en esa maraña de terrores se pierde. Se pierde la vida.
Por eso hay que volver al Aquí y al Ahora, el único lugar que existe, el único tiempo que existe. La única forma de vivir realmente. El café estaba delicioso. El sol me entra de lleno a las pupilas. Los pichones van y vienen y mis gatas siguen atentas. Y yo acá escribiendo lo que tengo ganas, lo que surge.
Cierro los ojos (ventaja de conocer el teclado de memoria) y disfruto. Silencio matutino (silencio a medias, de lejos llega el ruido de la calle, de la vida), el calor del sol sobre la cara y las manos, mi escritorio, los pies descalzos, respiro. Abro los ojos al c

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