Recuerdo la noche cuando, sentada en el sillón de mi casa en San Isidro, Argentina, sentí dentro mío el “me voy”.
Era el 24 de abril de 2021, al día siguiente tenía que hacerme la prueba de covid para poder operarme el 27 de abril para extirpar el cáncer de mama que crecía a pasos veloces dentro mío.
Creo que fue la segunda decisión que me salvó la vida. La primera fue el cambio alimentario.
Al día siguiente le dije a mis hijos que si zafaba de la enfermedad, me iba. Primero pensé en Miami por facilidades laborales. Mis hijos se sumaron a la aventura. La idea de Estados Unidos duró poco. Barcelona se presentó como mi alternativa número uno. De ahí empezó un derrotero guiado por la intuición.
A la operación siguió la quimioterapia. Mi rutina diaria era buscar la documentación necesaria para poder reclamar la ciudadanía italiana. Así que no importaba si llegaba de una quimio o si estaba en el tiempo inter ciclos, me sentaba con mi computadora a buscar. Buscaba una aguja en un pajar, porque ni siquiera tenía fechas exactas. Era eso y ver videos de otros que habían hecho el trámite de la ciudadanía.
Pasaron los meses y el tratamiento avanzaba. Ya teníamos la partida de nacimiento de mi bisabuelo. Yo buscaba alquileres en Barcelona, pero tener mascotas era un impedimento grande. No había opción de ir sin mis peludos. Recuerdo que en un momento tuve la fuerte necesidad de viajar a Barcelona a pasar unos días sola, y no lo hice. Lo que necesitaba era irme.
Ya teníamos decidido venir a Italia a hacer el trámite, y que íbamos a ir a los alrededores de Firenze en Toscana, tierra de mi bisnona y donde vivieron mis bisabuelos hasta que emigraron. Y cada vez que pensaba en irme a Barcelona pasaba algo, que no entendia: me angustiaba.
Me había pasado los últimos años de mi vida soñando con ir a vivir a Barcelona y ahora me angustiaba pensar en ir… Pero no era así como lo veía. Lo que me angustiaba requirió analizar hasta que la respuesta llegó. No sabía por qué, pero lo que me angustiaba era pensar en salir de Italia. Y todavía no había llegado!
El domingo que me dije “por qué tengo que irme de Italia?” fue el domingo que le dije a mis hijos que yo me quedaba en Italia luego del trámite y que iba a ser muy feliz de poder ir a visitarlos allí donde ellos decidieran instalarse. Ese día comenzó un camino de alivio. Al día siguiente -si, al día siguiente- aparecieron los datos del acta que nos faltaba.
De ser el “plan Z”, Torino se convirtió en el plan A. Ninguno de nosotros había estado en Torino antes, así que todos veníamos a una ciudad que no conocíamos. El resto es otra historia. A lo que vuelvo es a que la angustia de dejar Italia nunca más me abandonó. Como tampoco se fue el alivió, sino que crece día a día.
Yo sentí que volvía a Italia, no que llegaba como emigrante, memorias genéticas tal vez. Pero siempre se me cuela la frase inconsciente de “cuando volví a Italia” en lugar de “cuando vinimos a vivir a Italia”. Y hoy, italiana con papeles (porque antes ya lo era desde que nací, pero sin papeles), instalada y libre de ir a donde quiero, se me estruja el cuore si pienso en algo más de cuatro días fuera de Italia.
Miro las montañas desde mi ventana. Ahora ya no se si me recuerdan a los Andes, o si cuando veía los Andes memorias ancestrales me recordaban los Alpes. Lo que sí se es que acá no me siento extranjera, y me llega la protección de la montaña, me llega el calor del hogar que hay en mi corazón, me llega la paz y las ganas de vivir. Nunca me sentí tan en paz como acá, en mi Italia. Nunca ta

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