Cruzar los 50 no fue solo una cuestión cronológica. Para muchas mujeres como yo, es también el momento donde se activa una necesidad profunda de sanar, ordenar, redefinirse. Y si encima a esa etapa se le suma una enfermedad como el cáncer, todo se vuelve urgente.
En mi caso, el diagnóstico fue claro y contundente, y aunque hice todo lo que la medicina tradicional indicaba, sabía que necesitaba algo más. Algo que me devolviera energía, foco, claridad y un cuerpo sin inflamación. Ya estaba en keto hacía unos meses, pero ahora necesitaba aferrarme por completo a esta forma de alimentación para salvar mi vida.
Todo esto pasó en un momento muy especial. La perimenopausia y el tránsito de la menopausia me habían dejado con inflamación y más de 20 kilos de más. Hiciera lo que hiciera, pasara el hambre que pasara, en vez de bajar de peso, aumentaba, y sobre todo, cada dia se acumulaba más grasa en mi abdomen. Mi cintura era un recuerdo que sólo podía encontrar en fotos y en mi memoria.
Al poco tiempo de comenzar con la alimentación keto, mi cuerpo empezó a cambiar. Desaparecieron los antojos, volví a tener energía y, algo fundamental, mi mente se volvió más clara. Me sentía liviana, fuerte y conectada.
A los 4 meses, en plena quimioterapia, el hígado graso había desaparecido, venía de un diagnóstico previo (un año antes aproximadamente) de esteatosis hepática no alcohólica en grado 1. Me habían dicho en ese momento que no era ni curable ni reversible, que sólo podía frenarse ahí si dejaba las grasas. Con esta alimentación hice lo contrario: comí más grasas, de las buenas, y dejé el azúcar y las harinas, algo que ningún médico había sugerido en ese momento. En 4 meses y en medio de un proceso oncológico, el hígado se auto sanó.
Pese a que perdí todo el pelo, los efectos de la quimioterapia los toleraba bien, no tuve vómitos y las sensaciones físicas no pasaban por las gástricas sino por lo kinestésico, más surrealista, pero tolerable.
Más allá de los resultados médicos, y que estaba pasando por una vivencia extrema, algo interno se había activado: la sensación de que no era tarde para transformar mi salud.
El modelo tradicional de la medicina occidental nos sugiere resignarnos frente a la menopausia y además, se vive prácticamente como si fuera una enfermedad. Yo decidí no hacerlo. Con la alimentación cetogénica, no solo bajé de peso, sino que recuperé mi estabilidad hormonal, mi digestión mejoró notablemente, y mi descanso nocturno volvió a ser reparador. Los cambios físicos llegaron en medio de lo que podría considerarse «el peor momento de mi vda»… no recuerdo así a mi tratamiento oncológico y a esos meses, creo que fue lo que me ayudó a llegar al fondo y a, desde ahí, tomar mucho impulso para salir a la superficie.
En un momento tan especial aprecié la vida sobre todas las cosas, y entendí que sólo cuando vives la menopausia como el final de algo, la situación te abruma. Yo elegí que fuera el comienzo de una nueva vida. Y en ese momento no me imaginaba lo profundo que serían los cambios y cuánta aventuras hermosas me esperaban.
A todas las mujeres que atraviesan los 50, les digo esto: no es tarde. No importa cuánto peso hayas aumentado ni cuántas dietas hayas probado. Cuando dejas de pensar en la comida como restricción y comienzas a verla como herramienta de sanación, todo cambia.
Mi consejo es empezar con información confiable, sin fanatismos. Incorporar más grasas saludables, reducir los ultraprocesados y, sobre todo, nunca pasar hambre. Escuchar al cuerpo, tomar sol, caminar todos los días, priorizar el descanso. No es solo una dieta: es una forma de vivir con más conciencia y más amor por una misma.
Y sí, después de los 50, se puede estar mejor que nunca. Lo sé porque lo estoy viviendo.

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