Cuando el sujeto se desplaza en lo simbólico, lo real responde.
Si, es un concepto lacaniano, o mejor dicho, un concepto expresado en términos lacanianos. Y más adelante te lo voy a traducir.
Te doy contexto. Hace unos días que preparo mi mudanza a mi casa en Torino, Italia. Primera mudanza de las 13 o 14 que tuve en mi vida que realizo enteramente por mi misma. Donde el objetivo principal soy yo, mi salud, mi cuidado a cargo de mi, mi deseo, en primera persona.
Torino nació como opción cuando emigramos con mis hijos desde Argentina. Primero dije que me iba del país, ahí se sumaron mis hijos, primero surgió un pueblito de la Toscana -luego de una búsqueda de meses-, finalmente y a propuesta de mi hijo lo que había sido siempre el «Plan Z», o sea Torino, se convirtió en el lugar para nuestro desembarco.
Creo que alguna vez te conté que nunca sentí que llegaba a Italia, siempre sentí que volvía. Seguramente producto de memorias celulares profundas, de relatos de la historia familiar, en particular de la vida de mi bisabuela Emma. Mi padre se encargó de hacerme sentir italiana desde que nací. Ya ahí, Italia se transformó dentro mío en un lugar seguro casi sin darme cuenta. Como si estando en Italia estuviera bajo un manto protector donde estoy a salvo.
A veces las palabras no son suficientes para traducir no sólo lo que se siente, sino lo que se va gestando en el inconsciente.
Y así y todo (instaladísima, con casa comprada) emigré nuevamente, esta vez a Barcelona, para cumplir un sueño acariciado hacía tiempo, para estar cerca de mis hijos (que se habían mudado a España), y porque creía -y juro que estaba convencida- que «estar bajo una misma bandera» era «la» mejor forma de estar. Con el diario del lunes veo que seguía cumpliendo mandatos, la familia junta, no separarnos, no estar lejos…
Y la pasé horrible. Desde el día que llegué. Y ya no importa todo lo que pasó, son detalles, fueron dolor, pero fue el dolor que necesitaba para que se produjera la verdadera muda. Si, la muda de los últimos vestigios de la que fui, la muda de los mandatos, la muda de lo que «debe ser» frente a lo que quiero, la muda de cada posición objetiva que me asignaron en la vida: la buena hija, la buena alumna, la buena pareja, la buena madre, la buena profesional, la responsable, la seria, la estudiosa, etc.
La mudanza verdadera tenía que producirse en algún momento.
La mudanza verdadera llegó con el hartazgo. El hartazgo de todo. El aburrimiento.
En el consultorio y en la vida escuchamos a diario a personas que vuelven a elegir como parejas, como trabajos, como amigos, a personas y situaciones que terminan siendo lo mismo. Iguales. Y es lo que les permiten las quejas eternas.
Cuando elegí Barcelona volví a elegir a esa pareja que te agobia, que te trata mal, que te rechaza, que te niega, que te despoja, que no te elige, que te oculta. A ese trabajo que no te reconoce. A esos amigos unidireccionales, donde vos sos amiga pero ellos solo esperan y reciben, sin dar. Volví a elegir lo que no está disponible para mi, lo complicado. Dejé una vida de tranquilidad y disfrute, sólo para mi, para volver a complicarme.
Sólo que esta vez, ví todo eso plasmado en trámites, en proyectos que no cuajaban, en sentir drenada mi energía, en perder el apetito, en vivir en gris, en perder las ganas, en una biología/cuerpo que empezaba a aflojar y a fallar que me hizo bajar a mi propio infierno para terminar de hacer el trabajo que aún quedaba pendiente.
Porque siempre hay trabajo personal pendiente, siempre queda más lugar para nuestro propio análisis.
Supe que me quería ir desde el día que llegué. Pero me empeciné en darle una oportunidad a ese sueño. Hice todo para obligarme a quedarme, como si haberme dado cuenta que no quería estar en esta ciudad fuera un fracaso. Y aclaro que Barcelona es una ciudad hermosa a la que quiero volver siempre como turista, porque precisamente no pude ser turista en este tiempo vivido aquí.
Y de todo lo que fui intentando, nada resultó. Lo más fuerte obviamente fue quedar de un segundo al otro despojada del seguro de salud y que al buscar otro seguro de salud, el hecho de haber tenido cáncer impidiera que me tomaran. Y que cuando encontré el único que si me tomó, tuviera tantas restricciones que en los hechos no me sirvió absolutamente para nada. El resto es un listado de proyectos que uno a uno se iban cayendo. Algo nuevo en mi vida: siempre emprendí y siempre hice crecer los proyectos en los que me metía. Pero todo me decía que estaba en un lugar que no era el mío.
Pero de qué lugar me hablaba la vida?
Y acá entra a jugar la frase con la que arranqué. Porque el lugar no era una ciudad, no era Barcelona. El lugar era la posición subjetiva.
Estamos constituídos por un orden simbólico: el lenguaje, los significantes, las posiciones que ocupamos en el discurso del Otro, los nombres que nos dieron, la pre-historia de nuestro nacimiento, las coordenadas de sentido en las que nacimos.
Lo simbólico no es una idea, no es un pensamiento. Es la estructura misma que sostiene nuestra experiencia misma de ser.
Cuando nos hacemos sujetos y modificamos una de esas coordenadas, eso es un desplazamiento simbólico. Eso es lo que intentamos generar en un análisis, en una terapia. Te doy ejemplos.
Cuando dejamos de ser la hija sometida, cuando dejamos de ser objeto del deseo de alguien y pasamos a ser sujeto de nuestro deseo, cuando cambiamos una identificación, cuando soltamos una repetición (elegir siempre el mismo tipo de pareja, terminar siempre en el mismo tipo de trabajo, por ejemplo), cuando nos apartamos del mandato del Otro…
No son cambios de pensamientos. Cambiar la forma en la que pensamos se logra con razonamiento, y esto no modifica la posición subjetiva. Un cambio en nuestra posición subjetiva es cuando dejamos de demandar amor para poder desear, es cuando pasamos de ser «responsable de todos» a ser responsables de nuestro propio deseo, cuando dejamos de esperar el reconocimiento del Otro, cuando abandonamos una fantasía que organizaba todo el goce, cuando soltamos el lugar de víctima o de «objeto útil» o de lo que sea que creímos que éramos.
Cuando algo de esto ocurre, el sujeto ya no está en el mismo lugar del discurso. Eso es un cambio en la posición subjetiva.
Pero qué significa que lo real responde? Estoy hablando de técnicas de manifestación?
Bueno, no. Para Lacan lo real no es la realidad exterior. Acá es donde se malinterpreta tanto la teoría lacaniana (y si, reconozco que entender a Lacan no es algo simple).
Lo real en Lacan es aquello que no puede simbolizarse del todo, que no entra en el lenguaje, que insiste, que retorna siempre, que produce agujero. Es eso a lo que no podemos ponerle palabras, es ese agujero que no está en ninguna parte pero que queremos llenar todo el tiempo (con comida, con drogas, con sexo, con pantallas).
Pero… cuando el sujeto cambia la posición subjetiva, la posición simbólica, lo que retorna de lo real ya no es igual, sino que cambia de forma.
Cuando la repetición se interrumpe (en Freud hablaríamos de elaboración) la vida empieza a ofrecer otras cosas. No es magia, no es metafísica, no es manifestación. Es nosotros siendo sujetos dejando atrás algo y eligiendo desde el deseo. Lo que cambia es la estructura de lectura, posición y resonancia del sujeto. Entonces, cambia lo que aparece como «la realidad» exterior.
Si te interesa el mundo lacaniano y querés ampliar este concepto podés ir al Seminario 11, al 4, al 10…
Mi mudanza actual refleja un cambio de posición subjetiva: volver a Torino es recuperar las casas de donde tuve que irme sin ganas, es torcer los despojos que viví, es dejar el lugar de estar a merced de un Otro invasivo, narcisista, violento, es tomar el lugar de ser autora de mi deseo, es dejar de maternar al mundo, es elegir donde quiero vivir, es hacerme cargo de lo que quiero, es recuperar un lugar de pertenencia, donde me siento yo misma. No se trata de lugares físicos, se trata de lugares simbólicos. Es desplazamiento simbólico puro.
Pero no te confundas querido lector. No es la mudanza física, el desplazamiento de Barcelona a Torino lo que genera el cambio de posición subjetiva. ES EXACTAMENTE AL REVES. En Barcelona mordí el polvo y bajé a los infiernos de mi propio análisis y es ahí donde el eje de mi planeta interno se movió. Y es a partir de ese movimiento que lo externo cambia y puedo empezar a tomar decisiones que cambian todo. Y es a partir de la toma de decisiones desde una posición subjetiva distinta, que lo real, lo que me vuelve, también cambia.
2025 fue un año desgarrador para mi. Y de ese desgarro nació el dejar atrás incluso lo que creía ya superado. Pero cuando la elaboración no sucede, lo real vuelve disfrazado de otras formas. Cuando creemos que dejamos de repetir porque ya no elegimos más el mismo tipo de pareja o de trabajo, se nos presenta un lugar que simboliza la repetición y ahí vemos que lo que repetimos es más profundo.
Torino se transformó en mi Plan A cuando yo pude elegirla desde mi propio deseo, por mi misma, para mi misma. Torino simbolizó siempre el lugar que me aceptó sin excusas y sin querer cambiarme, que me abrigó, que me dió sin pedirme, que se ofreció para que echara raíces (algo que no hice nunca antes). Desde los 3 años, luego que mi madre falleciera y que empezaran mis mudanzas, pasaron 55 años para que pudiera sentir que existe un lugar donde quiero quedarme. Y para poder llegar a eso tuve que irme también de ahí, volver a repetir.
En ese movimiento subjetivo también se cayeron muchas cosas, por eso te decía que la mudanza real es una muda de piel. Y te lo comparto querido lector para que veas que los procesos a veces no son ni simples, ni fáciles, ni rápidos. No sólo soy psicóloga, y psicoanalista, y lectora empedernida de todo lo que tiene que ver con mi profesión más allá del psicoanálisis, no sólo hace 18 años que atiendo pacientes, acompaño procesos. También soy paciente, analizada, como lo quieras llamar. Y he ido siempre al hueso, a fondo. Pero cuando los traumas son tan profundos y tan fuertes, no siempre se disuelven en poco «tiempo». Si fuera así los psicólogos tendríamos todo resuelto, y no es así en lo absoluto.
Quiero terminar con una idea: pasar por el propio infierno es doloroso y desgarrador, si. Cuando empezás a salir y a tomar decisiones (que generalmente cuestan y mucho), el camino se va haciendo más liviano. Los tantos se empiezan a acomodar. La mochila ya no está tan cargada. Y aparece la incognita, cómo van a ser las cosas ahora? Porque ahora sabés que ya no sos quien eras, que ahora te hacés cargo de vos mismo, de vos misma. Cuando ya no hay a quien echarle culpas, a quien reclamar, y nos quedamos sólo con nosotros, empieza la verdadera libertad.

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