Una noche estás comiendo sushi con amigos y al rato estás llena de cablecitos, sueros, extracciones de sangre, ecografías, radiografías, controles de signos vitales, dolores y preguntándote cómo fue que cambió tan rápido el estado y el escenario.
Pasa así; los acontecimientos suceden de repente y no te avisan nunca. Por eso, es bueno estar preparado para estos cambios imprevistos. Así nos damos cuenta que las cosas que podemos programar y tener bajo control no son tantas como creemos.
Ya conocía el quirófano, pero por otras razones, vinculadas con mis hijos. Esta vez fue distinto. Lo bueno, lo extraordinariamente bueno, es que en ningún momento me sentí sola. Lo que experimenté fue una paz intensa, producto de saber que había podido decirle a cada una de las personas más importantes de mi vida, cuánto los quiero.
Por suerte le pude decir a cada uno que los quiero. Y estuvieran a mi lado físicamente o no, estaban conmigo. Era imposible estar sola. Fue la mejor ayuda que recibí para pasar un momento distinto y difícil.
Generalmente esperamos con ansias el “te quiero” de los demás. A veces es más importante decirlo que escucharlo. Hay un punto, extremo, donde sólo se registran las cosas importantes. En ese punto extremo para mi fue más importante haberlo dicho. En ese punto extremo, donde la anestesia te pide que te sueltes y te dejes llevar, y no sabés muy bien a dónde, tengo muy en claro quienes fueron las personas que estuvieron conmigo, quienes fueron en los últimos que pensé.
Si querés a alguien no dejes pasar ninguna oportunidad de decírselo. Nunca sabés cuándo puede cambiar el paisaje.

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