
Hoy leía un tweet de la cuenta del Dalai Lama que ya a esta altura me parece una frase hecha, por lo común: «El amor genuino debe dirigirse, primero, a uno mismo. Si no nos amamos, cómo podemos amar a otros?». Realmente creo que, pese a lo trillado de la cita, es la esencia, la piedra basal de todo, el inicio.
¿Cómo amar a otros si no nos amamos nosotros primero? Mas allá de las explicaciones psicoanalíticas, no es tan difícil darse cuenta que quien no posee la experiencia del amor hacia si mismo no parece demasiado preparado para amar a otro. Pensemos por un momento en la experiencia conciente del amor: ¿Podemos decir que primero, el primer paso, es la aceptación del otro tal como es? Para llegar a este paso supongo que ya pasé por una primera etapa de enamoramiento donde todo parece perfecto… Luego, cuando empezamos a ver aquellas características que no nos gustan del otro (no tienen por qué ser «defectos»), hay varios caminos a seguir, pero el que conduce al establecimiento de una relación sostenible es el de la aceptación del otro tal como es.
Entonces cabe preguntarnos si con nosotros no pasa lo mismo. Luego de los años de «His (o her, no se trata de una cuestión de género sino de reproducir la célebre frase freudiana) Majesty, the baby» (Su Majestad, el bebé), donde si tuvimos suerte de tener una madre lo suficientemente buena (en el sentido que Winnicot le daba al asunto) habremos crecido con un grado aceptable de confianza, y luego de sobrevivir a la adolescencia, llega un momento, o debería llegar, donde empezamos a tomar noticia de nuestras debilidades, de nuestras fortalezas, de nuestras aptitudes y actitudes… Claro, acá hace falta hacer una pequeña digresión: tomamos noticia, siempre y cuando hayamos aprendido a no MENTIRNOS a nosotros mismos, no seamos negadores profesionales y sepamos poner las responsabilidades donde deben estar… en especial, las propias.
Bueno, suponiendo que logramos eso, la pregunta es: ¿Nos aceptamos como somos? Esto incluye todo: lo físico, lo intelectual, lo emocional… Allí donde algún aspecto nuestro no nos cierra, allí es donde debemos concentrarnos mas y preguntarnos qué nos pasa. Allí donde tenemos algo que no podremos cambiar (como el paso del tiempo, por ejemplo, o nuestra altura, etc), y nos genera un conflicto, vergüenza, culpa, ahí tenemos que ir con mas fuerzas para lograr una integración que nos permita salir del sufrimiento.
Cada uno de nosotros venimos al mundo con nuestra propia mochila. Se puede ir llenando de flores, de plumas o de piedras, mas o menos grandes. Mirando hacia atrás podemos resignificarlas y darle un valor que permita integrar todo en nuestro presente, lo cual está muy alejado del concepto de conformismo. No se trata de conformarse, sino de intentar vivir con lo que somos para llegar a SER. Lo que no podemos hacer es ir por la vida haciéndole pagar a los demás por las piedras que fuimos encontrando en nuestro camino y que no nos quedó otra cosa para hacer más que llevarlas con nosotros. Algunas son muy pesadas, es cierto, pero pueden generar seres humanos muy fuertes y que sepan disfrutar la vida con el conocimiento de saber qué tan duras pueden ser las cosas que nos pasan.
Sin esto, sin habernos aceptado y sin querernos bien, difícilmente podamos verdaderamente amar a alguien. Algunas personas suelen guardar sentimientos muy negativos a raíz de hechos de sus vidas, que terminan cobrándoselos a las personas que supuestamente aman, sin encontrar explicación. Hay que hacerse cargo, hacerse responsable y animarse a bucear en nuestra alma. Después de todo, nosotros mismos somos la única compañía que nunca nos deja.
Inés Tornabene

Deja un comentario