Alguna vez sentiste que alguien no te entiende, aunque le digas lo que te pasa? Creo que todos tuvimos esa sensación: hablamos, explicamos, intentamos que nos escuchen, y aun así parece que nuestras palabras no llegan. Esa sensación de desconexión nos recuerda algo fundamental: comprendernos a nosotros mismos y a los demás no es automático; es una práctica que requiere atención, curiosidad y disposición a mirar más allá de nuestras propias ideas.
Hace tiempo que trabajo con este concepto, hace tiempo que lo utilizo dentro de mi clínica psicológica. Y cuando me refiero a inteligencia emocional, no hablo de la que aparece en TikTok ni en los libros de autoayuda, ni de la que sirve para manejar a los demás, sino de un concepto mucho más profundo: comprender genuinamente lo que sentimos y comprender lo que sienten los demás.
Daniel Goleman definió la inteligencia emocional como la capacidad de reconocer, comprender y manejar nuestras propias emociones y las de los demás, y también como la habilidad de usar la información emocional para pensar y actuar de manera efectiva. Coincido plenamente con él en la importancia de manejar nuestras propias emociones, pero me aparto del énfasis en “manejar las emociones de los demás”.
Lo de manejar las emociones de los demás es algo extremadamente delicado. Para muchos puede sonar tentador, pero cuidado: ahí ya hay un riesgo de caer en la manipulación. Por eso prefiero hablar de comprender la vivencia del otro, comprender el mundo de quien tenemos frente a nosotros, y dejar que cada uno aprenda a «gestionar sus emociones» como se ha puesto muy de moda expresar. Y esto a mí sí me hace sentido.
Acercarnos a lo que alguien está sintiendo sin proyectar nuestras ideas, prejuicios o experiencias sobre su realidad, sin asumir que sienta lo mismo que nosotros. Abrir siempre el espacio a la pregunta: “Qué está sintiendo esta persona ahora?”. No presuponer, no usar nuestras propias varas de medida, porque las emociones, por más intento que hagamos de definirlas y de encontrar definiciones genéricas (por convención, necesarias, es ciewto), siguen siendo experiencias absolutamente subjetivas.
Cuando hablo de experiencia subjetiva… dejame poner un ejemplo para que se comprenda mejor. El dolor en el cuerpo es una experiencia subjetiva. No existe ningún mecanismo para medirlo que pueda decirle a un médico exactamente cuánto le duele algo a una persona. A nivel internacional incluso, se usa una escala del 1 al 10 para que el médico pueda entender la intensidad, pero sigue siendo absolutamente subjetivo. No hay manera de saber si el dolor que yo sentí durante un parto le duele a otra mujer de la misma forma, porque no todos sentimos igual ni tenemos la misma tolerancia, incluso en este tipo de dolores que se aprecian como los más intensos. A eso me refiero con experiencia subjetiva. Y las emociones entran dentro de esas experiencias subjetivas: cómo mido mi miedo, o mi ira o la tuya?
Entonces, retomando la idea de preguntarnos qué está sintiendo otra persona, hay un paso previo: que primero nos cuestionemos nosotros sobre nosotros, que nazca la curiosidad de saber qué sentimos nosotros mismos, no qué pensamos, sino qué sentimos. Y una vez que nace esta pregunta, animarnos a indagar. Este es el primer movimiento, porque nos permite empezar a conocernos a nosotros mismos. Más adelante volveremos sobre este hilo, porque es un tema que atraviesa todo lo que estamos viendo.
Ahora el otro. Para que nazca en nosotros la pregunta de qué está sintiendo otra persona, hace falta no sólo curiosidad, sino también un interés que tenga un objetivo. La curiosidad, por sí sola, de saber cómo se siente alguien, no nos conduce a nada. La curiosidad tiene que tener un ‘para qué’: para poder comprender al otro, para entender su mundo, para acercarnos genuinamente a lo que siente. Solo así se conecta con la empatía real. El objetivo es tratar de entender qué está sucediendo con esa persona, y eso nos saca del simple chisme o de la suposición superficial, para acercarnos a la comprensión genuina de quien tenemos delante.
Te dejo otro dato para que te quede por ahí: en ese proceso que nace con el interés por el otro, que sigue con la curiosidad, que la curiosidad no es puro chisme sino que tenemos una intención de conocer al otro, de entenderlo, en ese proceso hace falta atención. Si, atención, algo que no es fácil sostener hoy en día porque tenemos demasiadas distracciones. O me vas a decir que tampoco te pasó que alguien te pregunte sobre un tema y al rato está mirando la pantalla de su celular o te interrumpió con algo que no tenía nada que ver???
Lo que sucede es que muchas veces estamos tan metidos en nuestro propio mundo que ni siquiera notamos las señales que vienen de afuera. A veces estamos tan absorbidos por nuestros pensamientos que ni siquiera percibimos las señales que manda nuestro propio cuerpo. Y ahí está la clave: la inteligencia emocional empieza por escucharnos a nosotros mismos (si, me repito, lo se), por permitirnos sentir, por entender qué estamos sintiendo y por no enjuiciarnos por sentir lo que sentimos.
Y acá retomo al hilo que dejé pendiente más arriba: olvidamos que las emociones pasan por el cuerpo. Son reacciones biológicas, no ideas, no inventos de la mente, y tampoco son pensamientos ni razonamientos. Cuando sentimos miedo, alegría, tristeza o enojo, el cuerpo lo expresa. Lo hace en signos que, generalmente, se pueden percibir o medir: respiración, presión arterial, calor, pulsaciones, movimientos, reacciones nerviosas. Estas señales son nuestra verdad inmediata. Aprender a decodificarlas es parte del trabajo de conocernos y de poder responder con conciencia, y no de forma automática ni reactiva.
Ojo, esto es más complejo que sólo biología. En nuestras emociones también influyen nuestros pensamientos, nuestras creencias, lo que aprendimos de chicos, lo que para nuestras figuras significativas era importante, y más. Todo eso conforma un plexo de información que tiene influencia directa sobre cómo sentimos. La emoción y el pensamiento se nutren mutuamente, igual que pensamiento y creencia: a partir de nuestras creencias se disparan pensamientos automáticos que, a su vez, generan reacciones en el cuerpo. Comprender esta interacción nos ayuda a acercarnos a nuestra verdad interna y, desde allí, a acercarnos con más claridad a los demás.
Y acá entra a la cancha el número 10: la empatía. Para mí, la empatía no es algo mágico ni un talento que unos tienen y otros no. La empatía es una habilidad, y como tal, se puede entrenar. Tiene un movimiento doble: primero, mirar hacia adentro y reconocer cómo me siento; entrenarme en distinguir qué siento, hasta dónde llegan mis pensamientos, hasta dónde llega el razonamiento y hasta dónde es mi cuerpo hablando. Y todo eso en un caldo de piedad. Después, mirar hacia afuera: preguntarnos cómo siente el otro sin asumir nada, sin proyectar nuestra experiencia sobre su mundo interno. Y luego, dar un paso más: abrir el espacio para que el otro diga cómo se siente, para que se exprese y escucharlo. Escucharlo poniendo nuestra atención ahí.
Una escucha genuina no juzga, no invalida; simplemente escucha. Porque juzgar es entrar con nuestras propias definiciones del mundo. Y si realmente queremos comprender al otro, debemos conocer sus definiciones, no las nuestras. Para poder ser empáticos, tenemos que apagar esa voz interna que, muchas veces, juzga automáticamente. Las emociones no están bien ni mal, no son buenas o malas; simplemente existen. Respetar las propias y las ajenas es indispensable para comprendernos y comprender a los demás.
En este sentido, la inteligencia emocional es una práctica cotidiana. No es un título que uno se pone, sino un entrenamiento diario de atención y curiosidad hacia uno mismo y hacia los demás. Y como te dije antes, la curiosidad sola no alcanza, porque muchas veces es ganas de puro chisme. Detrás de esa curiosidad tiene que venir la pregunta genuina: qué sucede en el mundo del otro y con qué propósito lo quiero saber. Esta práctica transforma los vínculos porque deja espacio para la comprensión piadosa. Y ahí ocurre algo que sí tiene magia: no solo cuando nos sentimos comprendidos, sino cuando también podemos comprender al otro. Es la reciprocidad de la comprensión, el ida y vuelta que transforma los vínculos.
Nombré la piedad, en algún otro artículo seguramente vuelva sobre este tema.
Por último, vale mencionar brevemente algo sobre el coheficiente intelectual -IQ- y el éxito interpersonal. No vamos a profundizar en qué es el éxito, eso quedará para otro momento. Pero sí te puedo decir que, si hablamos de relaciones humanas, la inteligencia emocional es un predictor mucho más sólido que el coeficiente intelectual. Tener un IQ altísimo no garantiza la capacidad de sostener vínculos auténticos ni de comprendernos a nosotros mismos o a los demás. La inteligencia emocional, en cambio, nos da herramientas para vivir con más presencia, claridad y profundidad en nuestras relaciones.
El IQ ha sido históricamente sinónimo de inteligencia. Pero no hay una sóla inteligencia. Y de la variedad de inteligencias que hay la que se lleva las palmas es la inteligencia emocional, porque no la enseñan ni en la escuela ni en las formaciones profesionales pero es la que te permite distinguirte como un ser humano en el mundo y como un ser social, es con la que podés profundizar vínculos y compartir la vida.

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