Hablamos de emociones y raras veces nos detenemos a entenderlas. No me refiero a cuando decimos “estoy enojada” o “estoy triste”, porque ahí estamos pensando, no estamos entendiendo lo que nos pasa, estamos describiendo cómo estamos. A lo que me refiero es a sentir lo que siente nuestro cuerpo, sentir antes de ponerle palabras. Ponerle palabras a lo que sentimos en el cuerpo suele traer, en general, etiquetas, juicios y racionalización.
Escuchar nuestras emociones requiere un primer movimiento que suele ser difícil: frenar. Frenar el pensamiento, frenar la necesidad de tener todo bajo control, frenar la urgencia de resolver o de entender inmediatamente. Porque lo que sentimos no siempre tiene que ser resuelto, muchas veces solo tiene que ser sentido, percibido y reconocido.
Y aquí está la clave: las emociones pasan por el cuerpo. Son reacciones biológicas que no mienten, aunque a veces nuestra mente trate de disfrazarlas o ignorarlas. El miedo, la alegría, la tristeza, la frustración, el enojo… todo se manifiesta primero en nuestro cuerpo. En la respiración, en el ritmo cardíaco, en la tensión muscular, en la presión en el pecho o en el estómago. Y si aprendemos a decodificar esas señales, empezamos a acercarnos a nuestra verdad interna, antes de que los pensamientos, los prejuicios o los hábitos nublen la percepción.
Prestemos atención a esto: no tenemos que confundir de dónde viene lo que sentimos con por qué sentimos lo que sentimos. El «de dónde» nos haría entender qué nutrió a nuestro cuerpo para que sienta. El «por qué» nos va a llevar a nuestro pasado. Hay tiempo para la comprensión del por qué y del pasado, pero en la urgencia, en el momento de vivir una emoción, hay una pregunta que puede ayudarnos más: el para qué. Y el para qué puede formularse así: ¿para qué estoy sintiendo esto hoy? ¿Para qué estoy sintiendo este enojo? ¿Para qué estoy sintiendo este miedo?
El «para qué» nos trae al aquí y al ahora.
Cuando logramos este primer paso, empezamos a responder con conciencia y no de forma automática. No reaccionamos al instante con impulsos que después nos sorprenden; empezamos a percibir, a identificar, a nombrar lo que surge dentro de nosotros. Y esto nos da un poder enorme: acercarnos a nosotros mismos antes de acercarnos a los demás.
Pero aquí viene algo muy importante: escucharnos no significa juzgarnos, como te decía en el artículo anterior de esta serie, no hay emociones buenas ni malas. Permitirse sentirlas es, en sí mismo, un acto de inteligencia emocional.
Para entrenar esta escucha, podemos hacer pequeñas prácticas cotidianas:
- Detenerse unos segundos y preguntar: qué siento ahora?
- Observar el cuerpo y notar dónde aparece la emoción: tensión en los hombros, presión en el pecho, ritmo cardíaco acelerado?
- Diferenciar pensamiento de emoción: esto que siento es mi cuerpo hablando, o es un pensamiento que me dice cómo debería sentirme?
- Registrar brevemente: escribir una palabra o frase sobre la emoción antes de hacer cualquier otra cosa. Esto no es poner una etiqueta, es diferente nombrar después de sentir que nombrar en lugar (reemplazando, solapando) el sentir.
Estas acciones, aunque simples, abren un espacio interno que nos permite acercarnos a nuestra experiencia de manera consciente. Abren un espacio para preguntas. Abren un espacio para que pongamos en duda lo que nos sucede por un ratito, por un segundo. Salir de las certezas, salir de las creencias, salir de lo que nos enseñaron.
Y cuando ese espacio existe, se activa algo que pocas veces nombramos: la curiosidad profunda sobre nosotros mismos. No la curiosidad superficial, que es solo saber por saber, sino la curiosidad con un para qué: para entenderme, para cuidarme, para poder conectar mejor conmigo mismo y con el otro.
A veces quedarnos en la superficie nos protege de conocer lo que realmente nos hace ruido interno, lo que nos molesta, aquellos aspectos nuestros sobre los que tenemos que trabajar. Es verdad, hace falta valentía para investigar nuestras profundidades, pero eso es lo que nos va a llevar a una transformación que desemboque en una mejor calidad de vida.
A eso es a lo que yo llamo trabajo personal dentro del trabajo terapéutico.
Cuando nos detenemos a escucharnos y abrimos un espacio para preguntarnos qué está pasando dentro de nosotros, también surge el interrogante: para qué necesito saber esto? Las emociones son automáticas, surgen, pero siempre después de un proceso interno y automático: tenemos una historia que las genera. Tal vez lo urgente no sea remover el pasado, pero sí aprender a distinguir qué genera esta emoción del hoy: si fue eso que nos dijeron en el trabajo lo que desencadenó mi enojo, o algo que sucedió anteriormente en nuestra vida.
Esta segunda entrega de la serie sobre inteligencia emocional es entonces un paso hacia la profundización. Cuando aprendemos a escuchar lo que sentimos, preparamos el terreno para comprender la experiencia subjetiva del otro, para acercarnos sin proyectar, para practicar la empatía verdadera. Y este es el puente natural para poder pensar herramientas prácticas y ejercicios que nos permitan entrenar esta escucha.
La inteligencia emocional no es solo teoría ni un concepto bonito: es práctica diaria, atención y curiosidad con una intención. ¿Cuál es esa intención? Conocernos y conocer a los demás. Y cuando logramos cultivar esta escucha hacia nosotros mismos, estamos dando el primer paso para tener en nuestra vida relaciones más auténticas, una comprensión más profunda, una conexión real con quienes tenemos al lado y, en definitiva, una vida más consciente en el aquí y en el ahora.
Inés Tornabene. Psicóloga

Deja un comentario