Ayer terminé de bañarme y bajé a cortarme el pelo. En el mismo edificio donde vivo hay una peluquería que tiene un hermoso local a la calle. Digo hermoso porque ayer cuando entré me sorprendió cómo estaba decorado, sus paredes con parte del ladrillo a la vista, los colores cálidos sobre un fondo todo blanco. Plantas, algunos elementos antiguos, algunos modernos, rojos, verdes, naranjas. Invitaba a quedarse.
No lo tenía planificado, sólo dije “voy a cortarme el pelo”, bajé y tuve la suerte de que hubiera turno.
Me había prometido después de perder todo el pelo en la quimio no volver a cortármelo. Pero algunas promesas son realmente tontas. Hacía tiempo que veía que las puntas estaban feas. No te vayas, seguí leyendo que vas a descubrir la misma metáfora que descubrí yo. De alguna forma, ayer me cansé de ver esas puntas feas y dije “se van”.
Hoy, al encontrarme conmigo en el espacio de reflexión matutina que antecede a escribir en este blog, me di cuenta de lo profundo del significado de lo que hice. En otro momento, mantener mi palabra hubiera sido más fuerte que todo. Pero ahora, sólo quiero en mi vida aquello que esté óptimo. No quiero cosas, ni personas, ni sentimientos estropeados. Quiero salud. Y eso abarca, ahora, todos los aspectos.
A veces perpetuamos las cosas a un costo demasiado grande. Como hacemos con el pelo. Por no cortarlo, andamos por la vida con nuestra cabellera arruinada, quemada por los alisados o por los enrulados, o por las tinturas o las decoloraciones. Hace meses que decidí también no hacerle nada a mi pelo, muy ocasionalmente una planchita, pero cero químicos. Lo quiero sano! Y si las puntas están feas, fuera puntas.
Así empecé, sin darme cuenta, a hacer con todo en mi vida. Los vínculos que ya no eran sanos, fueron saliendo. En algunos casos mantengo un trato casi diplomático, pero internamente se perfectamente dónde guarda el auto cada uno de mis afectos en mi corazón. Hay muchos que hace rato ya no tienen cochera.
Me pasó lo mismo con los objetos, cada vez que encuentro algo que se estropeó, que no se recupera, lo tiro. Al estar instalándome en un nuevo país, mi economía está bajo mi propia lupa de restricciones, así que muchas veces si tiro algo no lo repongo. De nuevo creo que refleja esa ausencia de necesidad de reemplazar afectos. Hoy cierro etapas, concluyo, agradezco por lo recibido, no importa el cuanto, agradezco y suelto.
Quisiera ser más minimalista, pero no lo logro en todo, todavía. Puedo ser minimalista de muebles, pero no de marcadores, acuarelas y cuadernos, por ejemplo. Tampoco logro el minimalismo con los utensilios de cocina. Creo que cada cosa en la que sumo objetos tiene su propio significado. Las cosas de librería alimentan a mi niña interior, que disfruta mirando la colección de marcadores, lápices y cosas de librería. La cocina tiene que ver con la poesía, para mi cocinar es dar amor, y mi cocina opera como un quirófano, con todos los instrumentos que tienen que estar (y confieso que dejé mucho, pero mucho en Argentina).
Cada tanto reviso que hay en casa para donar, para descartar. Cada mudanza de mi vida ha sido un momento de revisar y descartar. Se que va a haber al menos una próxima mudanza, y será el momento nuevamente de evaluar qué se queda y qué se va. Como te dije hace un tiempo, no somos dueños de nada. Me gustaría vivir de forma tal de poder salir a recorrer el mundo sólo con una mochila y mis perros y gatos, que ya no me importe absolutamente nada de los objetos que deje atrás. Voy rumbo a lograr eso, es como un objetivo de vida. No pude hacerlo cuando me fui de Argentina, pero quiero lograr esto y a corto pla

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