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Mercatino di Natale, Mercado de Navidad

Hoy fuimos al Mercado de Navidad de Asti, mi primera experiencia en un mercado de navidad. El Mercado de Navidad de Asti es el más grande de Italia, y eso es ya decir algo. Porque en esta tierra del Amor que es Italia, hay muchos mercados de Navidad.

Pasear por un mercado de Navidad es, además de degustar la comida más rica del mundo por estar en Italia, una convocatoria a mi niña interior a que salga a pasear y a disfrutar.

El lugar está lleno de puestitos con forma de casita, cada uno decorado y con su propio nombre. Hay puestos gastronómicos, donde venden los mejores quesos de Piemonte, donde venden salames, fiambres, avellanas, pistachos y variedades de dulces, pero lo que a mi más me convocó fueron los puestos de artesanías.

Una artesana vive en mi y tanto la confección de artesanías como la acuarela o la pintura en general, el lettering y el dibujo, son mis hobbies preferidos por lejos. De hecho, son a los que recurro para bajar el stress en los momentos que lo necesito. Y quiero trabajar en esa conexión, porque desde que vivo en Torino el stress ya no es mi compañero de ruta de todos los días, por ende paso tiempo sin agarrar los pinceles.

Creo que ahora llegó la hora de sacar a la artesana interior solo por disfrute.

Ver todas esas artesanias me invitaba a los rincones más naif de mi alma, a la pureza, a la inocencia. Las casitas de Papá Noel, Babo Natale o Santa Clauss, los renos, los elfos, los duendes. Cada adorno, cada corona, cada copo de nieve me hacían sonreir. Sonreía yo o sonreía la niña? Sonreíamos.

En el medio de la multitud pude observar la cara de mi hija, que con sus 23 años disfrutaba también como si tuviera 6 o 7 años, le brillaban los ojos, se maravillaba ante tanta ternura. Y también pude ver los ojos de las personas en el lugar. Encontré de todo, pero en la mayoría brillaba la misma luz, la misma sonrisa, la misma calidez de esa que te entibia el corazón.

El lugar estaba estallado de gente y de perritos con sus dueños. Los perros iban con sus abrigos navideños. A los más pequeños sus tutores los tenían en brazos. Cuando me acercaba con la cámara se ponían para que los filmara, orgullosos de llevar a sus perris abrigados y cuidados, con la Navidad también en sus camperitas.

El frío de la jornada lo paleamos con vin brulé y cioccolata calda. Pero el frío sólo fue exterior. El corazón estaba tibio y bien abrigado. Fue una tarde de reencuentros interiores y de sol sin sombras.

El tren nos devolvió a Torino donde nos esperaban nuestros perros, nuestros gatos, y una casa cálida para abrigarnos del frío. Pero lo más importante quedó en nosotros, este ejercicio de tomar contacto cada vez que podemos con ese niño que vive en nosotros y poder reconfortarlo, poder abrigarlo y poder decirle que el hogar vive dentro nuestro donde quiera que estemos y que cada Navidad de vida es una nueva oportunidad de festejar con alegría.



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