María llegó a la consulta convencida de que estaba exagerando.
—No me hizo nada —me dijo apenas se sentó—. Es solo que cada vez que nos vemos vuelvo a casa rara.
Me contó que tenía un amigo con el que hablaba mucho. O, mejor dicho, ella hablaba mucho. No había otros intereses, no había atracción física, y ella estaba convencida que podían construir una amistad.
Él siempre parecía interesado en lo que María tenía para contar. Hacía preguntas, pedía detalles, escuchaba con atención. Pero cuando la conversación terminaba, María se iba con una sensación difícil de explicar.
Como si hubiera estado presente para llenar un rato de alguien.
Como si hubiera estado sobre un escenario entreteniendo a un espectador.
La sensación que describía, aunque no podía ponerle palabras aún, era de vacío.
Con el tiempo empezó a notar otras cosas. Cuando proponía encontrarse, casi siempre había una excusa. Los encuentros debían girar en torno a lo que él proponía. Si ella dejaba de escribir, el vínculo simplemente desaparecía. Y cuando volvían a hablar, la conversación retomaba exactamente donde él la necesitaba, como si entre un encuentro y otro María hubiera dejado de existir.
A veces él le escribía de la nada como si nada hubiera pasado, como si nunca hubiera registrado lo que María le había contado.
No era maltrato. No era agresión. No era ghosting.
Era algo mucho más silencioso.
La sensación de no haber sido registrada.
Hay personas que pueden escuchar durante horas sin llegar a encontrar nunca al otro, al que tienen delante.
Porque escuchar no siempre implica registrar.
Porque una charla no siempre es un diálogo, un ida y vuelta.
Y ser visto no depende de cuánto hablamos, sino de cuánto lugar ocupamos en la subjetividad de quien tenemos enfrente.
Uno puede charlar con alguien y no ser un diálogo, puede haber dos personas que hablan pero sin que se construya una interacción porque cada uno está en su propio discurso y no aporta nada al del otro.
Entonces si, hay una charla, pero no hay diálogo real. Hay una persona que habla y la otra se entretiene escuchando. No aporta, no capta, le da lo mismo quien está ahí hablando.
El otro es irrelevante.
A veces buscamos un interlocutor donde solo hay un entrevistador.
Buscamos afecto donde solo hay compañía ocasional.
Buscamos un vínculo donde apenas había una charla.
Y cuando eso ocurre, muchas personas salen preguntándose qué es esa sensación rara con la que se quedan.
Inconscientemente detectamos cuando somos irrelevantes para el otro, cuando el otro no nos registra. Aunque no lo captemos racionalmente.
En este tipo de encuentros las personas quedan drenadas, porque hablaron, contaron, sintieron pero fueron objetos y no sujetos detectados por el otro. Porque tal vez estaban en un lugar donde el lazo social nunca estuvo disponible.
A veces esa sensación de vacío, de quedar drenado, de desgaste proviene de intentar construir reciprocidad allí donde el otro, por el motivo que sea, no puede, no sabe o no está disponible para construirla.
No toda charla es un diálogo. Para que haya un diálogo tiene que haber un ida y vuelta, sino hay un monólogo. E incluso en un monólogo quien habla puede retroalimentarse.
Lo que le sucedía a María es que esa charla ella abría una canilla de energía que se derramaba sin que hubiera ni un contenedor ni alguien que repusiera su combustible. Por eso quedaba con la sensación de vacío, de bajón, de haber perdido tiempo.
Lo que María aún no logra hacer consciente es que esa sensación nace de no haber sido detectada por el otro, de estar en una posición de objeto y no de sujeto.
Con María estamos trabajando el para qué en lugar del por qué. El para qué se expone a sentirse drenada, el para qué insistir cuando el otro no retroalimenta. Estamos descubriendo sus estructuras automáticas, estamos buceando en lo aprendido, en el concepto de reciprocidad, en cuidar la propia energía.
Así María puede irse de la consulta con otro enfoque: que tenemos que poner el análisis sobre nosotros y no sobre el otro. De su «amigo» no sabemos nada, ni tampoco es nuestro objetivo. María está aprendiendo sobre ella misma, y si lo pensamos de esta forma, esos monólogos con esa persona le están enseñando mucho sobre sí misma y su forma de vincularse.
Y esta es una de las formas en que la ayudamos a salir de un lugar de objeto a disposición del Otro a un espacio de reconocimiento de su propia subjetividad.

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