Si pudiéramos despertar cada mañana y preguntarnos: “Qué quiero?”. Si pudiéramos no perder nunca de vista nuestro motor, nuestra esencia, nuestro deseo. Si pudiéramos darnos cuenta que somos lo que deseamos, que somos lo que imaginamos y que somos lo que pensamos…
Allí donde está nuestro pensamiento, estamos nosotros. Aunque no nos demos cuenta. El deseo lucha, empuja por salir. Pero hay que aprender a escucharlo, hay que dejarlo ser. Siempre será deseo insatisfecho, esa es la naturaleza humana (neurótica), pero tiene la virtud de movernos dentro de la vida. Cada vez que generamos un proyecto en nuestras vidas, estamos interponiendo barreras entre nosotros mismos y nuestro final.
La insoportable realidad de una muerte segura sólo se amortigua mediante los proyectos. Para embarcarnos en un proyecto que tenga efectos concretos contra la angustia existencial, nuestro ser debe estar comprometido. Nada peor que hacer cosas que en el fondo no son lo que queremos. Porque vamos a, consciente o inconscientemente, boicotear el asunto. Así aparecerán los olvidos, los errores, las demoras. También pueden aparecer los síntomas en el cuerpo, allí donde nuestro deseo encuentre una vía facilitada en el organismo donde expresarse.
Imponernos lo que no es parte de nuestra esencia es, no sólo alienante, sino también la fuente segura que nos conduzca rápidamente a la enfermedad. Orgánica o anímica.
Imponernos a personas con quienes no compartimos una esencia mínima en común, también puede ser alienante. No me difiero a la diversidad de gustos, a la diversidad de opiniones, ni siquiera a la diversidad cultural, política y/o religiosa. Me refiero a cuando no compartimos determinados valores mínimos que hacen a nuestra identidad, a nuestra personalidad: ser solidarios, ser leales, ser comprometidos, tener capacidad para cuidar y dejar que nos cuiden…
Preguntarnos qué queremos, preguntarnos si en este momento estamos exactamente dónde, cómo y con quién queremos estar, imaginar cómo sería el mundo ideal y con quién lo compartiríamos. Podamos o no en los hechos, pero al menos clarificando en nuestra mente dónde estamos posicionados en el mundo, en nuestro mundo, y si estamos siendo un paquete que ponen y sacan los demás a su antojo, o si tenemos el timón de nuestras vidas. Si es nuestro el deseo que mueve nuestras vidas, si somos sujetos de nuestro deseo, o si somos un objeto.
“En el mundo que imagino,
estás vos
en el barco de la vida
en el mar de los deseos
en el aire que respiro…
Estemos o no juntos
aquí, allá o en una estrella.
En el mundo que imagino,
ayer, hoy o mañana,
buceamos juntos,
sin tiempo
sin espacio
sin límites.”

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