Aclaración: Este texto fue escrito originalmente en diciembre de 2012. Lo he conservado en el blog en su forma original porque refleja con fidelidad una etapa de pensamiento y escritura. Sin embargo, en 2025 decidí revisarlo a la luz de una relectura más rigurosa del psicoanálisis freudiano y lacaniano, sin renunciar a mi posición actual: que cada persona (el sujeto del psicoanálisis) puede y debe asumir conscientemente la responsabilidad de su deseo, en especial cuando se trata de amar.
Aclaro que actualmente no aplico exclusivamente el Psicoanálisis en mi práctica clínica. Aunque sigue siendo mi marco teórico de fondo —mi lengua madre en la psicología—, hoy integro técnicas y enfoques que provienen de una psicología más humanista, evolutiva y holística. Trabajo con herramientas que contemplan el cuerpo, la emoción, el vínculo, el presente y la transformación, sin dejar de sostener una mirada ética sobre el deseo, el síntoma y la historia de cada persona. Hoy me percibo más acompañando procesos de crecimiento personal.
Esta versión corregida busca respetar el espíritu del texto original, enriqueciéndolo con fundamentos teóricos y una ética que elijo sostener hoy: no basta con entender el deseo, también hay que asumirlo. No somos sólo marionetas del inconsciente, de los programas instalados: somos responsables de lo que deseamos, de lo que hacemos y de lo que no hacemos.
El tema de la libertad está siempre presente: que si somos libres, que no me siento libre, que estoy construyendo mi libertad, que tengo que conquistarla. Parecería que la libertad es «algo» que «descubrimos», que «construimos», que «nos permitimos», o algo que podemos perder. Pero, ¿de qué hablamos cuando hablamos de libertad?
Desde Freud, lo sabemos: “el yo no es amo en su propia casa”¹. Lacan, incluso, irá más lejos y dirá que el sujeto está estructurado por el lenguaje, alienado en el deseo del Otro, y que la libertad como tal es un espejismo sostenido por la ficción del yo. Sin embargo, sigo convencida de que somos libres. No libres en el sentido ingenuo del yo omnipotente, sino en el sentido ético del sujeto que, a pesar de su escisión, se atreve a hacerse responsable de su deseo. Una libertad que duele. Porque darnos cuenta de eso es abandonar la comodidad de la ignorancia y asumir que, hagamos o no, digamos o no, elijamos o no, hay una responsabilidad subjetiva en juego.
Cuando escribí la primera versión de este artículo, en diciembre de 2012, me giraban varias ideas en la cabeza, no muy conectadas, a raíz de dos casos distintos que llevaba en aquel momento en el consultorio. Que la libertad, que el “amor imposible”, que la “posibilidad”, que el pasado, el presente, el futuro y los tiempos de verbo que usamos. Entre el tránsito insufrible de aquellas mañanas en Buenos Aires y los acordes de AC/DC que sonaban en el auto, se formó un link entre la palabra «libertad» y la palabra «imposible». Venía a cuento de unas frases que había leído, una construcción lingüística vieja como el mundo desde que los humanos decidimos complicar lo simple: el amor. (Nota al pie: perdón, hay días en los que no coincido con Lacan, por más que lo cite).
La frase era: “amor imposible”. (Segunda nota al pie: amor imposible = no-amor? Lo dejo para otra vuelta.) Si dejo por un momento la teoría acumulada, me pregunto: cómo y cuánto seduce pensar en el «amor imposible»? Qué concepto más romántico! Y, a la vez, qué útil como defensa. Porque, desde el Psicoanálisis, sabemos que “lo imposible” es una forma elegante de no asumir el deseo. Lacan lo señala sin rodeos: “la relación sexual no existe”², y el amor, como suplencia, se monta sobre esa falta. Entonces, un “amor imposible” puede ser también una manera de evitar confrontar la falta estructural del Otro, una forma de no querer saber nada con lo que ese deseo verdaderamente implica.
En uno de los casos clínicos que menciono, un hombre le dice a una mujer que ella es su “amor imposible”. Pero ella sí lo amaba, y estaba dispuesta a construir un vínculo. Entonces: qué hay de “imposible”? Nada más que un velo: una imposibilidad subjetiva proyectada en el contexto, en las circunstancias, en el afuera. Una coartada, una novela donde el Otro aparece como obstáculo, cuando en verdad el obstáculo está en uno. Freud diría: la represión no quiere saber nada del deseo³. Lacan iría aún más lejos: “el sujeto no quiere saber nada de su responsabilidad en el deseo”⁴. Y sin embargo, sostengo que puede —y debe— llegar a hacerlo.
Allá por el 2012, en medio de pozos y bocinazos, los Stones me decían: Paint it black. Pero no, el pintar de negro de mi vida vendría nueve años después, no en ese momento. Ese día, entre los recuerdos de varias situaciones felices, volvió el tema de la libertad. Otro link: de la palabra libertad a la palabra egosintonía.
La egosintonía —usada más en la psicología del yo que en el psicoanálisis estructural— se define como la vivencia subjetiva de bienestar con los propios pensamientos, emociones y conductas. Una suerte de acuerdo interno entre lo que uno es, lo que uno hace y lo que uno siente. Hasta ahí todo bien. Pero hay algo inquietante: en esa comodidad, muchas veces no hay registro del Otro. El egosintónico no se incomoda con lo que hace, aunque eso genere sufrimiento en quienes lo rodean. Freud, al analizar la psicopatía (aunque sin usar este término), ya observaba formas de narcisismo que no incluían al otro como semejante. Lacan lo desarrollará más claramente: en la estructura perversa, el otro es reducido a objeto, sin reconocimiento de su falta. No hay subjetividad ajena, solo función.
Y si bien la egosintonía no es una estructura clínica en sí misma, cuando se vuelve rígida puede derivar en lo que Lacan llama “goce autoerótico”, una modalidad de estar en el mundo donde el Otro está excluido. Donde se goza del propio lugar, sin deseo que lo atraviese. Pero ahí no hay libertad. Hay encapsulamiento.
Me viene la infancia a la cabeza: ese tiempo donde no hay lugar para la espera, para el Otro, para nada que no sea el principio del placer. Pero la infancia se termina. Y cuando no se termina, los fantasmas que se agitan en ese limbo sin límites pueden ser más aterradores que cualquier ley simbólica. Uno de los efectos de esa egosintonía absoluta es la pérdida del lazo, la pérdida del objeto de amor.
Y ahí el último hipervínculo: libertad, imposibilidad, egosintonía. Los tres conceptos tienen un punto de anclaje en común: la huida de la responsabilidad del deseo. Lacan lo señala de forma lapidaria: “La culpa es lo que queda cuando el sujeto se acerca a su deseo pero no está dispuesto a pagarlo”⁵. Y es eso: una estructura que se detiene en el umbral. El deseo pulsa, pero no se asume. No se paga con angustia, no se paga con la pérdida necesaria para hacer lugar al Otro.
En los dos casos que tenía en mente, la escena se repetía: el deseo amoroso es saboteado por dentro. A veces de forma delicada, a veces cruel. ¿Por qué? Porque poner en juego el deseo implica correrse del confort de la teoría, de las defensas, de la distancia, del síntoma. Implica hacerse sujeto. Y eso, a veces, da miedo. O no se quiere. O no se puede.
Y sin embargo, insisto: sí se puede. Y acá, 2025, me desvisto del Psicoanálisis. Se puede elegir, sabiendo que no hay elección pura. Se puede amar, sabiendo que el amor no completa. Se puede asumir el deseo, sabiendo que el deseo siempre falta. Lo que propongo —y ahí me aparto de la teoría clásica— es que el trabajo del sujeto no termina en el inconsciente, sino que recién ahí empieza. Que el verdadero compromiso humano es el de hacer consciente lo inconsciente, mirar de frente la castración, y decir: “esto deseo, esto amo, y me hago cargo”.
Porque al final, como dijo Freud en uno de sus gestos más antipáticos pero más verdaderos, el objeto es siempre reemplazable. El amor, en cambio, no es el objeto: es el acto. Y amar es una decisión. Una de las más radicales formas de libertad. No perfecta, no garantizada. Pero real.
Inés Tornabene
Notas
¹ Sigmund Freud, “Una dificultad del psicoanálisis” (1917), en Obras completas, AE 17, Amorrortu Editores.
² Jacques Lacan, Seminario 20: Aún (1972–1973), Paidós.
³ Sigmund Freud, “La represión” (1915), en Obras completas, AE 14, Amorrortu Editores.
⁴ Jacques Lacan, Seminario 7: La ética del psicoanálisis (1959–1960), Paidós.
⁵ Jacques Lacan, ibid.

Deja un comentario